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  Poli Délano - cuento
 


POLI DÉLANO - Cuento



RECAMBIO



Y
a en la puerta del edificio, Genaro me tomó el rostro en sus don manos y beso mis labios con esa especie de dulzura que le bala en algunos momentos Acabábamos de servirnos una cerveza en La Candela (bueno, cerveza él, yo u jugo) para celebrar nuestro primer año de pololeo y luego caminamos unas cuadras de la mano por Miraflo­res, frente al parque. Un año entero, nada menos. Nunca duré tanto con los otros, pero Genaro me gusta porque es tremo y delicado y la verdad es que cada día me aferro más a él. Terminó cuarto de leyes y jura que apenas se titule nos casare­mos Siento inquietud cuando 10 insinúa y' por lo tanto permanezco sin decir "esta boca es mía", porque pienso que aún es un poco temprano para casorios, ¿qué apuro hay?
       -¿Me quieres -preguntó.
       -Por supuesto, tontito -le puse un dedo en la nariz.
       -¿Nos vemos mañana?
       -Siete y media en La Candela -dije.
       Salgo a las siete de la juguetería y muchas tardes él y yo nos juntamos un rato en La Can­dela. Otras, bueno, mal estará que 10 confiese, en un hotelito de la calle Mosqueto. Nos dimos otro beso y entré. A mi mamá le revienta la sangre que llegue tarde y prefiero no verme sometida a esos deprimentes interrogatorios que parecen copiados de alguna película, acurrucada ella en el sillón, escudriñando mi facha con sus pesadas ojeras, y yo de pie, mordiéndome las uñas como una colegiala castigada. Empecé a subir sin ruido, peldaño a peldaño, y antes de llegar a la semi oscuridad del segundo piso, como tantas otras veces, escuché crujir la puerta del 21, y supe entonces que el Seco, ese loco que siempre me anda manoseando, estaría esperándome agazapa­do. Le gusta acariciarme entre las piernas y lo hace con suavidad y brevemente mientras voy pasando frente a su departamento. Pero no me habla y, por lo tanto, nunca hemos cruzado pala­bra, aunque 10 he escuchado conversar con otras personas. A pesar de lo flaco, el tipo es más o menos bonito, mata con una sonrisa húmeda que muestra sus paletas separadas y mira sin miedo, seguro de la mirada. No sé por qué le dirán Seco. Habla casi siempre con voz muy honda y un acento de película mexicana que me divierte. Dicen que se vino a Chile desde Cuernavaca hace unos años, a la siga de una muchacha retomada, hija de un matrimonio que tuvo que irse al exilio cuando lo del golpe militar; y acabó al parecer echando raíces aquí, a las claras sin la niña, ya que vive solo. Lancé un suspiro y preferí no apu­rar el paso.
       -Hola preciosa -me dijo esta vez, cuando pasé frente a su puerta, llevando su mano a las entre­piernas de mi falda-pantalón. Me tomó en una suave, cálida y ondulante caricia que siempre, desde niña, he sentido como muy rica. Lo miré igual que otras veces, sin decir nada. Tenía la barba un poco crecida y el cabello en desorden, como si recién saliera de la cama. Me sonrió con ternura y entonces le dije:
       -Fresco.
       Se sacudió entero. Nunca antes se lo había dicho.
       -¿Fresco? -repitió mirándome como si le hu­biera puesto una cucaracha en su puré de papas-. ¿Fresco?-. Hablábamos en voz muy baja para no atraer la curiosidad de las dos viejas del piso-o Oye, cariñito, te vengo haciendo 10 mismo desde que tenías doce años -sonrió-, ¿te acuerdas cuan­do empezaron a crecerte?-. Acarició con gentile­za mis pechos-o ¿Y ahora me sales que soy un fresco?
       -No he dicho que no sienta rico. Sólo que eres un fresco-o Me miró algo deslumbrado, como si le hubieran gustado mis palabras y me acercó más a él.
       -Entremos.
       Primera vez que hacía la invitación.
       -Es un poco tarde -empecé, pero antes de aca­bar la frase, estábamos adentro y se escuchaba el débil trae de la puerta al cerrar, además de una música suave, como entre tango y jazz. Muchos cuadros en las paredes. El beso con que calló mi queja fue pegajoso y jadeante, detonó un estre­mecedor escalofrío que recorrió de ida y vuelta mi cuerpo como si le estuviera gritando una or­den de rendición absoluta, de aceptar sin pelea lo que venía, que me desabotonara la blusa y jugara con mis costillas, que lengüeteara cada uno de mis pezones hasta ponerlos duros, todo eso, que sus dedos largos indagaran ahora por los interio­res de la zona húmeda y secreta que siempre me buscaba, desde los doce, hace poco más de cinco, cuando yo llegaba a casa del colegio, todo, que estuviera frotando y apretándome lo suyo tan duro justo ahí, qué rico, todo todo, incluso que me tendiera sobre el sofá bajo la mirada sospe­chosa de su gato a rayas mientras me bajaba el calzón y yo le ayudo, todo, hasta el agitado [mal que llega casi al tiempo en que la noche comien­za, todo todo.
       -Es tarde -digo-. Me tengo que ir.
       -¿Vendrás mañana?
       Pienso en Genaro y muevo negativamente la cabeza, pero una mínima palabra me traiciona la conciencia.
       -Sí -respondo.
       Le sonrío desde la puerta y antes de partir silenciosamente a casa, le pregunto su nombre. -Ernesto -dice.
       -¿Y cómo es Cuernavaca?
       Su mirada se pierde de seguro en los recuer­dos.
      -Mañana te cuento -dice.


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(Cuento que se incluirá en su próximo libro)

* Publicados en Revista Literaria Rayentru Nº15 – junio de 1999

 

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