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  Máximo González S.
 


MÁXIMO GONZÁLEZ SÁEZ - Cuento

 
SITIO

El amor se encuentra en el rincón
                            que deja la multitud.
 
A Claudio Bascuñán
 
 
El pabellón 48 cuando fue llamado paseo Huérfanos, supimos de inmediato que nuestro encuentro comenzaría a desaparecer. Otros, sobre todo los que lleguen de afuera ocuparán el lugar que era nuestro.
      El personal que nos atendía estaba feliz, ya no será necesario salir, todo viene hacia nosotros. Las tarjetas, el mercado de las pulgas, los seguros, las promotoras. Era un ir y venir de personajes amables que asomaban su rostro con la mañana y no se iban hasta la tarde. Muchos teníamos la impresión que vivían en otro lugar.
       El loco Claudio que venía llegando de Francia, hediondo a hachís, estaba fascinado con las promotoras. No había vivido en el pabellón 48 en los tiempos que era nuestro, por eso le costaba entender el malestar; más de una vez nos trató de románticos y otras cosas, pero lo aguantábamos por su violín que sonaba magistralmente a la hora de dormirse.
       El paseo Huérfanos expuso una imagen nueva, transeúntes rápidos, gritos, mercaderías al alcance de todos. Nosotros nos ubicamos en las literas, el guatón Saavedra organizó al grupo, dijo palabras que los antiguos conocíamos; el secreto del pabellón 48 quedaba al descubierto para los nuevos. Nosotros nos tiramos las almohadas, gritamos de alegría. Claudio tocó su violín, fue una noche ida, los paisajes venían al grupo como sensaciones que sólo cuando se está en la multitud se sienten. Nos fuimos inflando hasta quedar pegados al techo; vi que los nuevos se ahogaban cerca del pabellón 48, que el guatón Saavedra se arrodillaba ante el grupo, nos pedía perdón. Le arrojé un puntapié en la cara, después otro, lo llenamos de escupo. El loco Claudio, utilizando gestos rituales, lo orinó. El guatón se dio fuertes golpes en la cabeza. Lancé una risotada al momento que nos miramos fijo. En el pabellón 48 se daba inició a una nueva etapa, supimos que volvería a ser nuestro.
        Es por eso que después de la hora de almuerzo, anduvimos distraídos por los pasillos como paseantes silenciosos que mostrábamos el placer del desencuentro. Todo sonaba alrededor de mí: campanillas que luego se acompañaron de un teclado, una batería, guitarras y bajos. Di una mirada al piso que comenzaba a hundirse; nadie hizo caso de mi observación. Regresamos por otro pasillo cuando la asistente de turno se cruzó con el grupo. El flaco Subiela, aprovechando ese momento me hizo una zancadilla que me impulsó contra la asistente. La risotada del guatón se contrastó con el silenció del grupo. Aunque después todos lo imitamos, mientras la asistente corría por el pasillo, no sin antes perder su chistoso gorrito que relucía como un trofeo en nuestras manos.
       Regresamos seguros de algo nuevo. El pabellón 48 no era el espacio ése del final del pasillo. Nadie sintió inquietud al principió, hasta que el loco Claudio nos empezó a chuchear en francés, reprimenda que a excepción de mí, los otros no entendían. El loco Claudio no podía tocar el violín fuera del espacio del pabellón 48, así que se fue recluyendo sólo en lo que había sido ese pabellón. Oímos su violín. La música nos distanciaba cada vez más, como en un sueño que no se comprende.
       Tal vez por eso fue que no opusimos ninguna resistencia cuando las promotoras se acercaron. Observé sus piernas mientras contestaba sus preguntas. Estiré la mano para recibir sus folletos. Me vi sentado ante un escritorio firmando papel tras papel según me los iban poniendo.
       El guatón Saavedra se acercó para mostrarme otros avisos. Se había afiliado a más sistemas de los que la ley permite y poseía las tarjetas más fuertes del mercado. Al principio no podía creer que el guatón lo hubiese conseguido en tan poco tiempo.
       En la litera contamos las tarjetas. El guatón me aventajaba por una. Reímos. La enfermera de turno se asomó a la puerta y mostró un catálogo de productos Avon que sacó del bolsillo del delantal. Grité que deseaba un perfume francés. La enfermera puso sobre la mesa donde el loco dejaba el violín, unos papeles que nos enseñó pedagógicamente. Ese mismo entusiasmo que sentimos cuando la enfermera anotó el pedido, lo vivimos ahora en la tienda con la sensación de pertenencia que nos dio cuando presentamos las tarjetas. La vendedora era rica, le miramos los senos con las caras más calientes. Con sus movimientos parecía responder a nuestros deseos. Recibí el pantalón de casimir, preocupado por sus gestos; en el probador me desvestí y recordé sus senos. En el espejo observé que no podía detenerme, que desnudaría y besaría sus pechos como una Venus. Me dije que la amaba, que sería mía para siempre. Los quejidos de su boca consagraron aún más el placer que sentimos ante el espejo.
       El guatón, supe que despertó primero porque lo vi danzando como lo hacen en La Tirana. Me tiró unas patadas cuando levanté la mano para colocar a Bob Marley, Redemption song lo tarareaba suave. El guatón dijo que al loco Claudio lo habían trasladado al norte. Miramos la nota sobre la mesa, me eché a reír: el guatón danzó con más burla.
 

MÁXIMO GONZÁLEZ SÁEZ (1966), profesor de literatura en la U.T.E.M. Ha publicado La diversidad de los duendes, cuentos, Ed. Del Gallo, 1995; El Disco Duro de la Ciudad, novela, RIL Editores, 1998, y Antología de las Literaturas Emergentes, Ed. LOM, 1999). Es creador y productor de la Feria de las Literaturas Emergentes. Realizó lecturas y conferencias sobre literatura emergente chilena en las universidades de Montclair, Ruquer, en Nueva York, el año 1998. 
* Publicados en Revista Literaria Rayentru Nº16 – septiembre de 1999

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