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  Gabriela Pérez - cuento
 


GABRIELA PÉREZ - Cuento



LA SOMBRA DEL JOTE

 
 
-Señora Margarita: anoche soñaba que los habitantes del "Jote", arrastraban a mis hijas de las mechas hasta el río...
    -Mire lo que son las cosas comadre, yo soñé algo parecido, que esos bandidos se robaban a la Candelaria y se la llevaban a la casa de la vieja Pascuala.
    Nelson Cáceres, el poeta del pueblo, Hijo Ilustre de Rengo, dormía su siesta sufriendo una pesadilla.
    -Hijo, despierta, ¿qué te pasa?...
    -Soñaba que los tránsfugas del "Jote" leían y entendían el Tractatus...
    -Pero hijo, si esos bandoleros no tienen trato con nadie. Has tenido un mal sueño.
    El Alcalde del pueblo despertó ahogado de su siesta:
    -Mujer, soñé que estaba en "El Jote" y que los reos preparaban una enorme olla de greda, y yo era el animal que iban a cocinar... Además arrastraban a nuestra hija pal Tinguiririca.
    Rengo es una vieja reducción indígena -antigua Villa Deseada, que ahora, siendo las tres de la tarde, era un remanso... El Alcalde, ya despabilado, bostezaba leyendo el periódico. En todos los hogares las viejas miraban hipnotizadas la teleserie. En la estación de ferrocarril varias personas esperaban el paso del tren. Dos prójimos estaban sin conocimiento: eran santiaguinos que sufrían un ataque de anti-esmog, con el aire demasiado puro de la provincia. En un potrero jugaban fútbol los gendarmes con los viejos crack de la Selección Nacional. Las hermosas encinas mecidas por un suave viento sur daban al pueblo un aire espiritual extraordinario. Un buen paisaje, sino fuera por aquel edificio siniestro, de adobes y ladrillos, construido el pasado siglo, que se extendía amenazante, y que, por su aspecto dramático, los del pueblo lo llamaban "El Jote" debido a la sombra funesta que proyectaba esta morada de asesinos y ladrones de la zona.
    De improviso el pueblo se lleno de extraños ruidos, como si un temblor bailara al ritmo de una orquesta enloquecida. ¿Qué era lo que alteraba la tranquilidad pueblerina?: El cuerpo de bomberos con sus sirenas lanzaba al aire aullidos lastimeros; las campanas de la iglesia doblaban a muerto; las dos únicas ambulancias, en su presurosa carrera, se estrellaron. Se escuchaban carreras para todos lados; los huasos disparaban sus escupetas y las viejas comenzaron a persignarse y a lanzar toda clase de súplicas:
    -¡Dios mío! ¡Este es el fin de mundo!: los bandoleros escaparon del "Jote" y agarraron por la calle principal... ¡Dios nos libre y nos favorezca!.
    Gritos de auxilio llamaban a los gendarmes, pero estos ni luces: continuaban peloteando a pleno sol.
    Como cuatrocientos reos saqueaban bancos y negocios. Se robaron casi todos los vehículos del pueblo y, en un abrir y cerrar de ojos, llegaron a Pelequén a pagar una manda, de paso le robaron el manto a Santa Rosa. Después se fueron hacia Malloa, por un camino interior, con cincuenta huasitas de rehenes. En Panquehue les bajó el hambre: asaltaron las casas y bodegas de los fruteros, y en un potrero asaron varios novillos al palo, regados con los mejores vinos de los viñedos de los españoles. Y con la panza llena agarraron algunas muchachas en edad de merecer para servírselas de postre...
    Perseguían a los bandidos el Regimiento Carreras. Detrás venían la policía uniformada y la de civil. Los acompañaban quince radiopatrullas llegadas de la capital, cincuenta huasos en carretela y de a caballo con escupetas y azadones; dos compañías de bomberos, la Cruz Roja, la prensa, los mirones de siempre y los infaltables de vendedores de helados...
    Los bandoleros huían tratando de alcanzar el Cachapoal por el puente Coinco. Cerca de Quinta de Cailloma se veía el cortejo de los ex reos que arrancaban en vehículos llevándose cien huasitas vírgenes de rehenes.
    Hicieron una parada para volver a comer asado a todo potrero, donde extendieron las carpas que les habían robado al Ejército, y después pernoctaron en las afueras de Rancagua. (Las noticias decían que la policía los tenía cercados).
     Estos ladrones estaban con suerte, pues la Policía Civil con la Uniformada se tranzaron en una riña para ver quién cruzaba primero el Cachapoal. Esta pequeña diferencia duró cuarenta y ocho horas a lo que es balazo limpio.
     Los criminales se encomendaron a Dios cuando algo desconocido bajó del cielo y se posó en medio del potrero donde se encontraban ellos. Era una nave llenas de luces, con forma de almeja, de la cual bajaron unos seres vestidos con trajes que parecían de plástico. Traían un especie de estandarte transparente donde se reflejaban las atrocidades que habían cometido los bandidos. Estos cayeron de rodillas suplicándole que los llevaran a Lo Miranda donde tenían un buen escondite. En pago le ofrecieron, desde ahora en adelante, portarse bien y devolver todo lo robado... incluso las huasitas. Los seres redujeron a los bandoleros al tamaño de una aspirina, los subieron a la nave voladora, los bajaron a las orillas del Cachapoal, cerca de Lo Miranda y los volvieron a su porte original. Pero estos mal agradecidos lanzaron a sus salvadores al río y les robaron la nave. Pero como no sabían pilotarla se fueron dando tumbos por los potreros.
     Los extraños los alcanzaron en Doñihue y los convirtieron en bostas, luego llenaron una inmensa tinaja chichera con estas mugres y las pusieron en órbita para evitar contaminar el planeta Tierra.
        Los seres se aperaron de una buena cantidad de chamantos doñihuanos, tejidos con hilos de seda, y pegaron vuelo hacia su reino

 

* Publicado en Revista Literaria Rayentru Nº13 – octubre de1998
 
 
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