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  Jaime Gómez Rogers
 

 

JAIME GÓMEZ ROGERS (JONÁS) Vivir y morir poesía
 
por Manuel Silva Acevedo
 
 
 
Creo que Jorge Teillier fue quien dijo que más importante que escribir poesía era vivir una vida de poeta, es decir, renunciar voluntariamente a las supuestas seguridades de la vida pequeño burguesa, que embota los sentidos y entorpece la sensibilidad, para asumir los riesgos de la libertad.
      Pienso que mi amigo Jaime Gómez Rogers (Jonás) abrazó esos ideales, abandonó la vida urbana, neurótica y burocratizante, y se propuso vivir (y morir) como poeta, junto al mar, esa matriz de la que ha emergido todo lo viviente en el planeta.
      Constatar este hecho no es poca cosa, sobre todo si se advierte que de los poetas de los años ´60 Jonás quizás fue el único que tomó ese camino e hizo votos de poeta, en circunstancias que sus coetáneos más bien nos vimos envueltos y hasta arrollados por la ola encrespada de la historia social y política de nuestro país. Lo de Jonás fue otra cosa, como el mismo lo expresa en la presentación de su Diccionario cabal: “Escribir poesía fue vivir poesía”.
      Nos conocimos en el viejo Instituto Pedagógico de la calle Macul, donde formaba parte de la Academia Literaria junto a Gonzalo Millán, Ariel Dorffman y otros que ahora no recuerdo. Su entusiasmo por la lírica era genuino y contagioso. Jaime creía en la poesía, le parecía más real y asequible que cualquier utopía ideológica. Y estaba dispuesto a entregarse a ella por entero. Ello no quiere decir que le fueran ajenas las vibraciones que el tema social producía en la poesía y en la nueva canción. De hecho, tuvo lazos creativos con Víctor Jara y el Quilapayún, una de cuyas composiciones lleva versos suyos.
      Por aquel entonces también nos tocó compartir nuestra flamante vida de casados y de padres jóvenes, sin que decayera nuestro fervor por la palabra poética. Recuerdo que fue Jaime quien se adelantó a publicar sus primeros poemas: Deshojándome (1962), Diálogo para dos movimientos (1965) y La fuga de Sebastián ( 1966), que obtuvo el Premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile.
      Pero comenzaban a arreciar los conflictos sociales y políticos que harían explosión durante los primeros años ´70. Con Jaime estuvimos entre los poetas que sobrevivieron al golpe, con su secuela de violaciones a los derechos humanos más elementales; y también entre los que permanecieron en Chile. Si bien no me cuento entre los cófrades que concurrían a la ahora célebre “Unión Chica”, no es menos cierto que abrí de toque a toque las puertas de mi casa de la calle Beethoven a un grupo de amigos tan desamparados como yo; en esa casa y con vino, canto y poesía nos consolamos de los ayes que brotaban por doquier. 
      Recuerdo entre otros comensales de ese cenáculo de sobrevivientes, a los hermanos Jorge e Iván Teillier; a Nancy Chambers; a Enrique Valdés; a Álvaro Ruiz; a Rolando Cárdenas y Eliana Oyarzo, su mujer; a Eduardo Molina Ventura, el Chico Molina; a Jaime Quezada; a Juan Guzmán Améstica; y por supuesto, al poeta Jonás.
      El año ´76, Jaime, con su entusiasmo de siempre, me sacó del abatimiento y me instó a publicar Lobos y ovejas, que permanecía inédito tras el golpe militar. Fue así como bajo los auspicios de la galería de arte Paulina Waugh, en el barrio Bellavista, aparecieron su poemario El jardín de las palabras y mis Lobos. Por primera vez Jaime usó el nombre de Jonás. Poco tiempo después la galería fue incendiada por agentes del régimen vaya a saber por qué motivos, si es que hacían falta motivos para los abusos y atropellos alentados desde la Moneda.
      Años más tarde, Jaime decidió irse a vivir junto al litoral, cumpliendo una vieja aspiración que también constituiría el meollo de su poética: el mar, la naturaleza, la vida sencilla. Ese sería su definitivo adiós a la ciudad y de esa cantera extraería lo mejor de su copiosa producción lírica, no exenta de resonancias panteístas. Con ello se distanciaría definitivamente de los poetas de su generación. La línea de descendencia de Jonás venía de Neruda, de Juvencio, con quienes De allí en adelante, Jonás se convertiría en un poeta de tiempo completo según las exigencias de Robert Graves en La diosa blanca, y de ello dan testimonio sus incansables y múltiples ediciones de Altamarea, toda una institución en el litoral de los poetas. Precisamente, La voz del agua, antología póstuma de su obra editada con toda justicia por RIL rescata lo más granado de una escritura consagrada a los temas que siempre lo apasionaron: la poesía, la ciudad, el mar, la tierra, la muerte y el amor.
      El mar, en primer lugar, brinda su voz a esta selección y el poeta parangona su poderío con el de la poïesis misma: “la poesía tiene la fuerza pura del mar”. Su entrañable ligazón con el océano lo hace exclamar: “donde quiera que fui el mar me llamaba”, o bien “el poeta se mide con el mar”, y reconocer que “sabor de mar subía a mis palabras”. Por el contrario, la ciudad que ha abandonado le hace decir: “Yo era un barco perdido en el cemento”.
      Para nuestra suerte, este Jonás que alcanza a asomarse al siglo XXI tiene más trazas de poeta que de profeta. No obstante, su palabra está impregnada de una inquebrantable fe en la poesía, en cuyo vientre habita y del cual se nutre. Los embates del amor y del dolor no le son ajenos, ama con pasión y con locura; forma y pierde una familia; gana una compañera, Vania (“hay soles, Vania/ que pueden nacerle a un hombre en tu mirada”); pierde a una hija; escribe y publica con tesón; crea la sala de arte Alta Marea; se las rebusca para seguir adelante; se las ingenia para ganar amigos y colaboradores; se improvisa de carpintero; se las arregla como artesano; se las da de buzo y de hombre rana; mira y admira los crepúsculos marinos; escribe y lee sin descanso; gana premios y becas; comparte la alegría; se acuerda de Rebeca, su madre; recuerda los días de la infancia y finalmente se retira de la escena en compañía de la dama sin rostro.
      Le visité algunas veces en su refugio de El Tabo; el de Punta de Tralca no alcancé a conocerlo. Siempre me acogió con afecto y entusiasmo, como si aún fuéramos los jóvenes camaradas del Pedagógico. Me obsequió y dedicó cada uno de sus libros, editados con esfuerzo y sencillez. Nuestro último encuentro fue en Santiago. Me llamó por teléfono y convinimos en juntarnos en el restaurant Las Lanzas de la Plaza Ñuñoa. Allí me contó que acababa de operarse de cáncer, pero que se sentía optimista y confiado. Me regaló su último libro Entre el silencio y la lluvia, en cuya portada Vania Escobar dibujó un ángel premonitorio, y me escribió una hermosa dedicatoria con esas gaviotas volando que le gustaba añadir. En la última hoja del libro anotó su dirección en Punta de Tralca y dibujó un croquis para que pudiera dar con su nueva casa. Sin embargo, sentí que de algún modo se estaba despidiendo de mí y que ese era nuestro encuentro final en este mundo. Ahora ya no sé si podré encontrar su morada definitiva.
       Pero a modo de consuelo recuerdo que fue él quien escribió ¡Qué amable es la muerte¡ No lo sabía... Ojalá que este presagio se le haya cumplido. Porque de ser cierto aquello de que no mueren los poetas, solo sueñan, en algún futuro despertar deberíamos abrazarnos nuevamente bajo el sol y frente a la mar, que es el morir.

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Fotografía de Manuel Silva Acevedo por Nelson Cáceres Araya

* Publicado en Revista Rayentru Nº27 - verano del 2007

 
 
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