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  Los cansados de la vida
 

 
LOS CANSADOS DE LA VIDA
 
por Sergio Atria

 
Esto sucedió hace muchos años Un muchacho de negro paseaba por las ave­nidas del Parque Forestal Era una mañana de fines de mayo, y el otoño envolvía los árboles amari­llentos en una bruma azul que hacía más profundas las avenidas al par que amortiguaba el rumor de los carruajes.
          Ese adolescente era yo.
          Con la Apología de Sócrates bajo el brazo -entonces mí libro favorito- deambulaba sintiendo crujir las hojas bajo mis pies mientras soñaba en esas cosas inmortales con que sueñan los mortales cuando son jóvenes.
          De mi abstracción me arrancó de cuajo un muchacho enjuto y desmelenado que, desde la costa­nera que bordea el río, me llama­ba a gritos. Era José Santos Gon­zález Vera quien, con jubilosos aspavientos, me instaba a reunírmele.
          -¡Venga para acá!. ¿Qué se ha­bía hecho el pequeño bribón?
          Antes que le contestara, me llevó donde un muchachón que, agachado sobre una acequia de riego, mojaba su selvática cabe­llera negra.
          -Voy a presentarle -prosiguió González Vera- al mejor amigo de mis últimos tiempos y que también lo será usted.
          Mientras hacía el panegírico de su amigo, éste se incorporó len­tamente. Era un gigante de die­ciocho años, de rostro moreno, rudo e impasible. Parecía tallado en piedra Sus ojos negrísimos, bajo la maraña de las cejas, mira­ban con gravedad. Me tendió, en silencio, su manaza y yo sentí crujir los huesos de la mía.
          -Me llamo Manuel Rojas -dijo y calló.
          González Vera acotó:
          -No le tenga miedo Es así. Sólo cuando está muy locuaz dice hasta diez palabras seguidas.
          Paseando bajo los plátanos orientales cuyas hojas tostadas caían, incesantes, González Vera dijo que ya que el azar nos había reunido, debíamos formar una hermandad literaria. Yo accedí fervorosamente. Manuel Rojas emitió un gruñido que González Vera tradujo:
          -Dice que está de acuerdo.
          Desde entonces empezamos a reunirnos regularmente los días lunes.
          En nuestras reuniones se plati­caba de libros y autores, se derri­baban ídolos literarios, se erigían otros pocos, y se leían páginas de autores inéditos.
          La concurrencia iba variando constantemente. Aparte de los tres fundadores, los más asiduos eran Aurelio Centurión, que después fue alto funcionario de la Univer­sidad; Carlos Caro, que años más tarde iba a asumir la dirección de la revista Claridad; el escultor Cruz, Julio Barahona, a quien nadie le conoció el metal de voz, sin ser mudo, y muchos otros que se han ido desvaneciendo en la sombra del tiempo.
          Al comienzo asistió también Antonio Acevedo Hernández. La primera vez que apareció, me sentí sobrecogido ante su desme­surada melena y sus alpargatas apostólicas. Nos empezó a repar­tir higos que sacaba de un bolsillo del pantalón y que los presentes masticaban con precaución Mientras repartía la fruta, hablaba de sí mismo, embargado de admi­ración.
          -Muchachos, acabo de terminar mi tragedia bíblica Caín Es una obra maestra, una de esas obras que, después de escribirlas, hay que matarse.
          Empero determinó seguir vi­viendo
          Otro que pasó como un meteo­ro fue Domingo Gómez Rojas. Asistió una sola vez. Escuchó un rato en silencio, con una sutil sonrisa colgada del bigotillo. Luego se largó a hablar y, como no tuvo ningún disturbio respira­torio, nadie pudo meter baza. Era un charlador inagotable, munifi­cente, maravilloso. Partiendo de cualquier minucia, se remontaba a lo más excelso del universo Le gustaba pasmar a sus oyentes con sus inauditas acrobacias verbales Domingo no volvió a nuestros lunes. Éramos demasiado peque­ñitos para el joven maestro.
          Cuando en las reuniones ya se habían cambiado bastantes críti­cas y anécdotas y demolido una cuota adecuada de viejos, Gon­zález Vera se trajinaba los bolsi­llos, murmurando:
          -No sé si me acordé de traer lo último que he escrito. ¡Vaya!, aquí está.
          Nos mostraba unas hojas de cuaderno escolar garrapateadas con su letra que parecía trazada con aguja de sismógrafo. Sin preguntarnos nada, se ponía a leer esas páginas que, andando el tiempo y con las debidas enmien­das han hecho de él un estilista. En realidad, la suya no era una lectura corriente; era más bien una representación, ya que, a medida que aparecían los personajes, González Vera adoptaba los acentos y ademanes caracte­rísticos de cada uno. La fidelidad asombrosa con que reproducía las voces y gestos de cada personaje, herían de tal modo mi imagina­ción que solían acometerse acce­sos de risa incontenible. Este insólito homenaje a su arte múlti­ple, no siempre el homenajeado lo recibía con benevolencia y en términos folklóricos me pedía más circunspección.
          En cierta oportunidad, Manuel Rojas nos narró con potente colo­rido una aventura vivida por él en plena cordillera al pasar cuando muchacho de Argentina a Chile. Tiempo después esa travesía la vertió en el relato Laguna, y no pude ocultarle mi decepción al comparar lo narrado con lo escri­to. El metal en fusión que, con todas sus impurezas bulle como un torrente de fuego, no es com­parable con el mismo metal ya apagado y frío.
          Un lunes Manuel Rojas nos dijo, sacando un libro de la faltri­quera:
          -Anoche casi he llorado leyen­do un cuento que sale aquí. Se trata de un estudiante servio que va a proseguir sus estudios a una universidad rusa; pero sus com­pañeros no lo quieren, lo hostili­zan y le instan a que se vaya. Una noche un estudiante canta una canción transida de sentimiento cuyo estribillo es: Buenas noches a todos los cansados de la vida... pero es mejor que les lea el cuento.
          Y en medio de un hondo silen­cio bajo los árboles del Parque nos leyó El extranjero de An­dreiev. Con el ánimo ya predis­puesto se habló después de lo corrosivo que es el pensamiento, de la soledad que acompaña al hombre durante toda la vida y de la inutilidad de todo. Uno de los presente sugirió: ¿por qué no asociarnos para irnos acostum­brando a la idea de desaparecer voluntariamente? Nos miramos, cada cual creyó ver en los demás alguien que con seguridad nos iba a preceder, e invadidos de tierna piedad por ellos, aprobamos la sugerencia.
          -Esta hermandad debe llamarse "Los cansados de la vida" ­concluyó Manuel Rojas.
          Y fue así como, en un transpa­rente atardecer con olor a polen y entre muchachas apetecibles que pasaban al alcance de nuestros sentidos, nació este modestísimo club de suicidas.
          Fueron sus fundadores Manuel Rojas, González Vera, Carlos Caro y el que escribe esta crónica. Por decisión unánime se estatuyó que los que quisieran incorporarse a esta hermandad y estuvieran acordes con sus fines, deberían ser iniciados conforme un rito que dejara indeleble recuerdo en el nuevo hermano.
          Nos llovieron las solicitudes de ingreso. Nunca creímos que hu­biese tanta gente desesperada en el planeta. Honramos con la pri­macía a Alberto Rojas Jiménez, poeta casi niño que, por lo mismo, sería bien acogido por los dioses.
          La iniciación de este primer prosélito se efectuó en el cuarto que ocupaba González Vera en un conventillo de la calle Dardignac.
          Abierta la sesión, Manuel Ro­jas leyó a la temblona luz de una vela (el morador no disponía de otra clase de alumbrado) la histo­ria de alguien que nos había pre­cedido en el gran viaje. Era, según dijo, un mozo estoico que paso a paso había llegado hasta la puerta tras la cual Ella aguarda, en pe­renne vigilia. Sin que le flaqueara el pulso, aquel hermano había abierto la puerta voluntariamen­te...
          Se hizo un silencio. Luego, Manuel Rojas, con adusta entona­ción anunció:
          -Esta noche se va a iniciar un nuevo hermano, y este privilegio ha recaído en el poeta Alberto Rojas Jiménez. La iniciación será personal y secreta.
          Abandonamos el cuarto, y Manuel Rojas, que se había que­dado adentro, después de extin­guir la vela salió. Dirigiéndose a Rojas Jiménez le dijo, mientras le pasaba con solemnidad una caje­tilla de fósforos:
          -Entra. En esta cajetilla hay un solo fósforo. Cuando estés en la pieza a oscuras, enciéndelo, y si lo que vean tus ojos eres capaz de resistirlo durante cinco minutos sin gritar, te recibiremos como hermano. Serás un "cansado de la vida" más.
          Titubió un instante el poeta mi­rando alternativamente el cuarto en tinieblas y el fósforo solitario. Penetró, por fin, sin apuro.
          Con el corazón palpitante, es­peramos afuera. Mas no habían transcurrido ni treinta segundos cuando a los gritos de ¡abran! ¡abran, por favor! Manuel Rojas debió abrir la puerta que estaba con llave. Salió el poeta niño, pálido, sacudido por nervioso temblor y con la frente mojada de transpiración.
          -¿Y? -preguntaron todos.
          -No sé... no me atreví a encender el fósforo.

 

SERGIO ATRIA, médico; es autor de relatos de tono humorístico publicados en revistas, y de una Antología de Poesía Chilena (Ed. Cruz del Sur). González Vera se refiere a él en su libro Cuando era muchacho e incluyó "Los Cansados de la Vida" -crónica de la que hemos tomado algunos fragmentos ­como apéndice a la 7ma. edición de Vidas mínimas, Ed. Nascimento, 1970.

* Publicado en Revista Literaria Rayentru Nº15 – junio de 1999

 
 
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