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  José González Vera
 

NOTAS SOBRE GONZÁLEZ VERA
 


José Santos González Vera nació en El Monte, Región Metropolitana, hace algo más de un siglo. “Figuro como nacido el 2 de noviembre de 1987, pero la tradición familiar asegura que fue el 17 de septiembre de ese año. Mi padre, que era contrario al Registro Civil, hizo ese cambio para burlar al oficial que esperaba multarlo”.
      “Mi vida literaria no existiría -y me adelanto a decir que no sería una pérdida irreparable- de no haberme hecho anarquista en mi adolescencia. Cuando conocí esas ideas y el plan de sociedad de iguales a que el Anarquismo aspira, tuve el deseo vehemente de propagarlo. No sabía hablar en público. No me quedó otra posibilidad que escribir para que tan hermosas ideas llegaran a todas partes”.
      “Cuando apareció mi primer libro (Vidas Mínimas, 1923) me anduve riendo durante quince días…”
      Tres años después apareció Alhué, estampas de una aldea. “Cuando me encontraba trabajando en el capítulo La Morada de las Animas tenía a mano un diccionario etimológico y, al abrirlo al azar, vi que alhué significaba eso, morada de ánimas, y me pareció un buen título”. El libro relata la infancia del autor y la de Talagante -a comienzos de siglo una aldea polvorienta- allí había vivido el autor entre 1903 y 1908. “El cura de la villa Alhué, un señor de apellido Bezanilla, me escribió para decirme que cuando quisiera escribir de verdad sobre Alhué, me invitaba a alojarme en su parroquia…”
      En 1939 el escritor argentino Enrique Espinoza, editor en Buenos Aires, de una revista intelectual de izquierda, Babel, de gran calidad en contenido y presentación, decidió publicarla en Santiago de Chile. “Yo había dejado de escribir, pero como en Babel escaseaban los colaboradores, me sentí impulsado a reincidir”. La mayor parte de los escritos en Babel pasaron a formar parte de un tercer libro: Cuando era muchacho, editado en 1951.
      En 1950, mientras ese libro se hallaba en la imprenta, le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura para el que siempre hay -y es bueno que así sea- varios candidatos. Fue sujeto de alabanzas (de Gabriela Mistral, de Alone, entre otros) y objeto de diatribas; esto nada tiene de extraño porque se había premiado a un escritor para minorías selectas. El poeta Carlos Préndez Saldías, presidente de la Sociedad de Escritores, creyó deber suyo protestar en la prensa: “La obra de González Vera carece de continuidad, de trascendencia y de importancia”. El aludido guardó silencio, pero tiempo después aludió a ese poeta en uno de sus libros: “Si hay paraíso, ruego reservarle un sitio al sol; en la amistad era hombre agradable”. González Vera era así; no sabía guardar rencores.
      Después del Premio Nacional de Literatura, “el público agota más ejemplares de Cuando era muchacho en veinte meses que de Alhué y Vidas Mínimas en veinte años”. Se dijo que el Premio Nacional lo estimularía a escribir y a publicar. Así fue. González Vera publicó: Eutrapelia (reflexiones, en 1953), Algunos (biografía de una docena de autores, en 1959), Aprendiz de hombre (antología, en 1960), La Copia y otros originales (relatos, en 1961), Necesidad de Compañía (también relatos, 1968). Casi siempre el libro, al ser reeditado, lo fue en “edición disminuida”.
       Cuando falleció, en 1970, el Senado (eran otros tiempos y, al parecer, entonces un escritor esa alguien) rindió un homenaje a González Vera. El Senador Rafael Agustín Gumucio dijo en parte de su intervención: “Yo quisiera destacar un rasgo personalísimo y aleccionador que lo distinguió como artista y lo hace admirar como hombre: la autenticidad de ser un chileno. Muchos atraviesan fronteras para enriquecer su bagaje artístico. Muchos buscan su inspiración en culturas ajenas. A González Vera le bastó lo que tenía a su alcance. Ni más ni menos. Y esta circunstancia confiere a su obra un testimonio insustituible, porque al buscar al ser humano en el anecdotario inagotable de sus recuerdos y experiencias, dejó para siempre un trozo de Chile grabado en su prosa. Allí está el hombre nuestro mostrando llagas, viviendo miserias, soñando; pero más que todo, sonriendo con esa sonrisa escéptica, indulgente del chileno, la misma que González Vera tuvo siempre a flor de labios en sus escritos, en su trato afable, en sus reflexiones”.
       Su compañero de toda la vida, Manuel Rojas, testimonió: “Nos conocimos cuando éramos muy jóvenes, adolescentes, y muchas veces compartimos la comida, los cigarrillos, los paseos, las privaciones y los trabajos. No tengo en mi conciencia, escondido por ahí, ningún reproche que me hubiera gustado hacerle y que no le hice. Y esto ni como escritor ni como hombre. Al contrario, no tengo sino elogios para él, a quien los elogios no le decían nada y casi prefería las críticas, mucho más si eran desagradables; le hacían reír y las reproducía en sus libros. No quiero decir que fuera modesto; no podía serlo. El escritor debe tener, para dedicarse a escribir, una buena idea de sí mismo; de otro modo no escribiría. Y es gracias a esa buena idea que al escritor no le dicen nada los elogios. Al contrario si son desmesurados, le dan risa; tanto como las críticas exageradas. González Vera era fino, tenía humor, era un gran amigo y compañero; también era un hombre que trabajó y sufrió”.
       Un año después de la partida del escritor, en 1971, por iniciativa de algunos de sus amigos, el Municipio de Providencia, creó una pequeña plaza a la que dio el nombre de González Vera. Grabado en piedra, todavía puede leerse la siguiente frase del escritor: “El paisaje más hermoso que he visto, que sigo viendo, es mi amigo, mi amiga”.


* Publicado en Revista Ratyentru Nº14 - marzo de 1999

 
 
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