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  Eliana Navarro
 

ELIANA NAVARRO, el gozo y el dolor de ser poeta
 
 

Desde que conocí a Eliana Navarro, hacia fines de los años cincuenta del siglo pasado, tuve la impresión de que no solo se trataba de una artista sensible y delicada que escribía una poesía pulcra, sencilla, refinada y emotiva, sino también de alguien que modelaba su vida de acuerdo con los más elevados ideales estéticos y espirituales. Otro tanto ocurría con el poeta José Miguel Vicuña, su compañero de toda una vida. Y esos mismos valores se prolongaban en sus numerosos y talentosos hijos. Al entrar a su hogar, cuyas puertas abrían con generosidad y amor a los jóvenes poetas y artistas, uno tenía la clara sensación de ingresar a un cenáculo donde se vibraba con cosas diferentes de las que comúnmente conmueven al mundo moderno. No quiero decir que allí se respirara una atmósfera anacrónica o fuera del tiempo, por el contrario, lo que resaltaba era un apasionado compromiso con la vida como un camino de superación y de hondo humanismo, que en el caso de Eliana era claramente un humanismo cristiano.
       Sentado a la larga y acogedora mesa de su casa de la calle Ricardo Matte Pérez 0301, creo haber asimilado casi por osmosis mis primeras lecciones de poesía: la austeridad en el fondo y en la forma, el respeto por la tradición, la fidelidad con uno mismo y con los valores en que se ha sido formado. Es que allí se amaba la palabra poética como un instrumento del que el espíritu se vale para atisbar otros mundos superiores, otras realidades desconocidas, otros ámbitos misteriosos. Alrededor de esa amplia mesa se vivía la comunión de los espíritus y uno sentía que ser poeta no es una maldición sino un privilegio, por más que ahora algunos se empecinen en proclamar lo contrario. Pero el tiempo decanta y aquello de auténtico valor termina por prevalecer. Tal es el caso de la obra poética de Eliana Navarro, de la que Eduardo Anguita escribiera: “Me ha sorprendido su calidad pareja, la perseverancia de un mundo interior que se interroga, que dialoga con seres, con elementos, con Dios (...) Es una auténtica poesía religiosa, porque justamente dialoga y pasa a formar parte de lo maravilloso de las cosas cotidianas y de los elementos sencillos de la naturaleza (...) aquí no hay vanguardismos ni audacias, sino la originalidad de lo prístino y simple, que corre sin asperezas”.
       Pero hay algo que me gustaría agregar. Creo que si bien siguió los caminos de una tradición lírica que hunde sus raíces en la poesía española desde el Siglo de Oro hasta la generación del '27 y en lo mejor de la poesía hispanoamericana y chilena de la primera mitad del siglo XX, Eliana Navarro también perteneció a esa legión de poetas chilenos que nunca terminaron de llegar del lluvioso Sur y que han manifiestado en su sensibilidad y en su escritura la impronta del lar distante y añorado. De modo que se podría afirmar que Eliana fue una poeta “lárica” avant la lettre, y como tal preludia a Teillier, a Guíñez y a Barquero, entre otros. Es así como su poesía se impregna de una acendrada nostalgia por esos paisajes que terminaron por instalarse en sus versos como una tierra mítica e irrecuperable, cuyas reverberaciones oníricas se confunden con los fulgores de ese paraíso perdido que es la infancia y el mundo del hogar paterno.
       Es más, pareciera que Eliana padeció un doble destierro. Por una parte, si bien nació en el puerto de Valparaíso, el mundo añorado y perdido de sus primeros años transcurre en Cautín, en la Frontera, en el fundo “El Peral” de sus padres, donde alguna vez todo fue dicha y armonía. Es así como evoca a su lejana Carahue en versos traspasados de reminiscencia:
 
Vuelvo a mirarte,
te contemplo en sueños,
entre voces lejanas,
y cruzo los caminos
al lado de mi padre,
desentraño tu selva
y en su pura fragancia
como en un mar oscuro me sumerjo,
para volver al sol,
al aire de mi infancia.
 
A su vez, en el poema “Anillo” invoca la protección de su padre que ya ha cruzado la frontera entre la vida y la muerte:
 
Oh, padre, padre amado, cuánto ansío tu mano
sobre mi cabellera.
Oh, dulce amigo,
arrebatado a mí por la tormenta,
rompa tu fuerte brazo
este anillo de llamas que me cerca.
 
Y en el poema “Los ídolos”, leemos:
 
Avanzo a un sol que busco sin descanso,
que no he de hallar, tal vez porque es un sueño:
un sueño que soñé desde la infancia,
cuando el vivir era un diáfano vuelo.
 
Nunca podrá dejar del todo atrás ese mundo rural, esos paisajes cargados de melancólica belleza, así como la protectora y benévola compañía de su padre, y toda su poesía estará entonces cruzada por una incurable nostalgia de ese mundo ideal de la infancia, ancho, exuberante e intemporal como el más bello de los sueños.
       Pero por otra parte, se puede percibir en su obra un sello mistraliano, la huella espiritual y literaria que ha dejado en su formación la figura entrañable de Gabriela Mistral cuyo poemario Desolación caló hasta el tuétano en Eliana. Para ella escribió un hermoso epitafio destinado a protegerla del trajín al que suele someterla la cultura oficial: “...No toquéis ya su corazón quemante./ Dejad hablar al mar, al viento, a la montaña./ Solamente su sordo rumor estremecido/ entre coros de niños, se levante”. Así, con la poeta de Montegrande comparte, sobre todo en su libro Antiguas voces llaman de l955, un hondo acento místico, una vocación contemplativa y una angustia escatológica por trascender más allá de la muerte, donde todo sería unión y plenitud:
 
Esta búsqueda ansiosa, esta inquietud constante
que taladra mi paz con su interrogación.
Este intuir en la breve comunión de un instante
la hora inmensa y salobre de la desolación.
 
(del poema “Regret”)
 
Asimismo, en estos versos de una fe dolida y acuciante resuenan el “¿Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido?” del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz y el “vivo sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero porque no muero” de Santa Teresa de Ávila. Dice Eliana Navarro en su poema “Preludios”:
 
¡Ah¡ que mi mano encuentre su mano fugitiva,
que en mi noche cegada brote su llama viva
y que su voz inmensa me nombre para siempre.
 
Desde que está lejano, voy herida.
Hasta la voz hermana suena desconocida
y sólo blanda y dulce me es la muerte.
 
Como el carmelita, Eliana experimentó en carne propia esa dolorosa “noche escura del alma” que todo auténtico artista ha de cruzar en su proceso creativo y espiritual:
 
Negra gavilla de sombras,
Negra tierra, negro sol.
Si el dolor color tuviera
Sería negro el dolor.
 
No obstante, en su oficio de poeta no todo es dolor y agonía de trascendencia. Para Eliana, la poesía pudo adquirir también domésticos y juguetones visos de cotidianidad en su hogar poblado de niños y quehaceres:
 
Me preguntan a veces: ¿Qué es de la poesía?
-Es una gran amiga. Suele venir por casa.
Le encanta alborotar. Ayuda tanto:
No puede ver las lágrimas.
Las recoge por todos los rincones
y las cuelga en las lámparas.
En el ropero guarda mariposas
y en algunas mañanas
toca el disco del sol en primavera
y la casa navega
agitada por nubes y cigarras.
 
Entonces, sus versos se ensanchan de exultación y gozo y une su voz al coro entero de la naturaleza en un himno de alabanza :
 
Dios está en el paisaje. Como un vino violento,
lo he gustado en el vaso tremolante del viento,
lo he mirado sangrar en la flor de los notros,
 
y mientras de los surcos su mano levanta,
es la tierra vibrante la que conmigo canta:
el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
 
Para Eliana Navarro, la infancia es la edad en que la verdad y la belleza se revelan a cielos abiertos y, como rezan los Evangelios, es necesario volver a ser como niños para recuperar la inocencia original que nos devolverá la anhelada visión de la Jerusalén celestial:
 
Muchas veces, de niños, vimos esa ciudad, en un lugar preciso del cielo, al atardecer. Vimos abrirse o cerrarse sus puertas fulgurantes, custodiadas por ángeles de fuego. Vimos sus cúpulas de oro y escuchamos, traído por el viento, el son de sus campanas. Le dábamos nombres oídos al azar: la ciudad perdida, la ciudad de Dios. Cuando llegamos a la adolescencia, empezamos a verla cada vez más a lo lejos, hasta que, envuelta en bruma, se confundió con nuestros sueños.
 
He allí la clave de toda la obra poética de Eliana Navarro. Su poesía está traspasada de ese dolor de la Caída, de la pérdida irrecuperable de la inocencia, y canta la nostalgia y el desconsuelo por el bien perdido. Aunque el hogar, el esposo, los hijos y los nietos mitigaron la desazón de vivir en el mundo como una “descielada”, en su obra ella extrañó esa patria perfecta y lejana que alguna vez intuyó que le pertenecía y aspiró a ser como la flor de la montaña “Nacida desde el sol en alto vuelo,/ un hálito de ensueño la circunda:/ Junto a su cáliz se detiene el cielo”.
       Por último, cabe subrayar que eminentes críticos y poetas tales como Hernán Díaz Arrieta (Alone), Ricardo Latcham, Eduardo Anguita y Gaston von dem Bussche, distinguieron la voz de Eliana Navarro como una de las más puras y nítidas de la poesía chilena de la segunda mitad del siglo pasado. Sin duda no se equivocaron y cuando decante la agitación y el estrépito de las vanidades, el tiempo terminará por colocar a la poeta Eliana Navarro en el sitial que merece.


* Publicada en Revista Literaria Rayentru N'26, otoño del 2006

 
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